domingo, 31 agosto, 2025
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Gustavo Bermúdez: Somos todos iguales, aunque lo estamos olvidando

Durante las décadas del ochenta y el noventa Gustavo Bermúdez fue uno de los galanes de la televisión abierta, con novelas que tuvieron mucho rating: Nano, Celeste, Antonella, Sheik y la lista sigue. Pero le fue bastante esquivo al teatro, ahora volvió y se lo puede ver de jueves a domingo en el escenario de El Nacional compartiendo escenas con Martín Bossi y Laura Fernández en La cena de los tontos, en el mismo papel que estrenó Mike Amigorena.

Llega antes a la cita y despliega con sinceridad una cordialidad poco habitual hacia la gente con la que se cruza. No evita ninguna pregunta y no hace críticas, por el contrario entrega una mirada comprensiva hacia muchas situaciones.

—¿Cómo fue reemplazar a Mike Amigorena?

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El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

—No siento que haya sido un reemplazo, fue como una renovación. Estaba apalabrado para hacer la temporada de Mar de Plata en el 2026, pero como se le vencía el contrato a Mike los productores me pidieron si me animaba a arrancar en Buenos Aires. Dudé un poco hasta que acepté.

—Conseguiste no competir con Martín Bossi en el escenario…

—Somos una dupla y ahí está el contraste. Es como en las comedias americanas, un juego como Jerry Lewis y Dean Martin. Mi personaje tiene toda una transición que empieza a disfrutarlo hasta que se le complica cada vez más la vida y termina perdiendo todo.

—¿Creés que es una comedia con moraleja?

—Total y muy actual como lo es el tema del bullying. Este fue uno de los motivos por los cuales acepté, además fue la comedia con la que más me reí. La vi cuando la hicieron Adrián Suar en mi papel y Guillermo Francella en el de Martín Bossi. Ahora sintiéndolo arriba del escenario digo: “qué efectiva que es y qué buen guión”. No es fácil encontrar un texto hoy así, por eso que a pesar de los años sigue siendo efectiva.

—¿Por qué hiciste “Romeo y Julieta” de Shakespeare al año siguiente de tu éxito televisivo con “Nano”?

—Fue una idea de mi hermano (Gabriel). La hicimos primero en Mar del Plata y después en Buenos Aires. Fue una jugada muy audaz llevar Shakespeare a Mar del Plata. Teníamos miedo, aunque contábamos con un gran elenco: Ulises Dumont, Dora Baret, Perla Santalla y Fernanda Mistral. Para el papel de Julieta se hizo un casting y quedó Mara Bestelli. Tenía mucha tecnología, idea del director Héctor Berra, con vestuario del Colón. La puesta de luces fue de Juan Carlos Baglietto, quien viajó a los Estados Unidos para traer equipos nuevos. Podría haber ido a hacer temporada con una comedia, pero nos embarcamos en ese desafío.

—¿Qué te motivó a dejar todo para irte a vivir a San Martín de los Andes?

—Empecé a priorizar a la familia, venía con un trabajo muy fuerte en la televisión. Ahí nació mi segunda hija y quise dedicarme a recuperar un poquito el tiempo perdido con la más grande y abocarme mucho a la crianza de ellas.

—¿Creés que volverá la televisión abierta?

—Puede volver tranquilamente, en otros países funciona bien. También es una expresión de deseos, pero creo que si se lo proponen tranquilamente tendrían números más importantes que los que tienen ahora. No necesariamente tiene que volver como en otras épocas. Si se lo propusieran los dueños de los canales lo hacen en un año.

—¿Cuál es el motivo de que no haya hoy ficciones en la televisión abierta?

—Es un tema de desinterés. Podrían rearmar presupuestos, que dicen que es costoso, pero compran formatos caros como La Voz o Gran hermano. Hay publicidades que se fueron a las plataformas, pero la televisión tiene otro sello. No es lo mismo lo que pasa ahí que en las redes. La televisión es palabra mayor. Un canal pasa a ser parte de la familia. Lo veo con el público de hace muchos años, hay una fidelidad muy grande. Esa fidelidad: ¿quién me la dio? La televisión abierta. Eso no te lo dan las plataformas.

—Tu hija mayor (Camila) se recibió en diseño e imagen, la menor (Manuela) va a ser nutricionista y las dos estudiaron en la UBA: ¿tuviste algo que ver con que eligieran la educación pública?

—Nunca me metí y la mamá tampoco, todo lo decidieron ellas. Nosotros tratamos de acompañar, el que hayan elegido una universidad pública me puso muy orgulloso.

—Estuviste en Roma con el papa Francisco y subiste imágenes del encuentro: ¿qué recordás?

—No lo conocía de aquí, como otra gente. Fui con mis hijas, cuando pasa frente a todos, se detiene y me dice “¿qué haces acá?”. La menor me mira sorprendida y exclama: “El Papa te conoce”. Fue un encuentro muy lindo y lo pude ver en acción. Vi cómo se detenía con cada persona, atendiendo a uno por uno, a todas las madres que llevaban chicos con problemas de salud y observé el tiempo que les dedicaba. A nosotros al despedirse también nos dijo su frase: “Recen por mí.” Y me abrazó, lo tengo en mi corazón. Siento una gran admiración, tanto por él como por todas las personas a las que noto coherentes, piensan, hablan y actúan igual. Observé cómo vivía en el Vaticano, sin lujos y cercano a la gente.

—En tu Instagram hay una foto de Rosa de Luxemburgo con su frase: “Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”. ¿Por qué?

—Estoy totalmente de acuerdo con esa frase. Adhiero a ese pensamiento de igualdad, de tratar a todo el mundo igual, porque somos iguales, aunque lo estamos olvidando. No soy muy canchero en subir fotos, lo hago en determinadas ocasiones, como cuando murió Carlín Calvo o Diego Maradona. También tengo fotos con Messi. Siento un gran respeto por Diego, con sus cosas buenas y también con sus errores. Fue un tipo que nunca le sacó el pecho a sus equivocaciones. Antes de juzgar, criticar o censurar, hay que andar en los zapatos del otro. Soy una persona que trabaja sobre sí mismo, quiero ser cada vez mejor persona. Elijo irme de este mundo habiendo dicho: “me esforcé para ser un mejor hijo, padre, amigo, hermano y ahora mejor abuelo”.

—¿Cómo se mantiene una amistad de cuarenta años con Adrián Suar?

—(Risas) Hay que tener mucha paciencia. Ya somos como familia, nos queremos y peleamos, cada uno conoce los huecos del otro y podemos ser sinceros y auténticos. Me parece que es lo que hay que tener todos los días cuando nos levantamos: agradecimiento y paciencia.

—¿Esa es tu filosofía de vida?

—Trato de que cada año que pasa de mi vida estar mejor, pensar mejor y hacer mejor a la gente que me quiere y a los que me conocen. Intento devolverle al público el afecto que me da, por eso a la salida del teatro me tomo el tiempo de saludar a quienes me esperan. Trato de ponerme en el lugar del otro. A veces viene gente de otros lugares e hicieron un esfuerzo para comprar la entrada y seguro se quedaron para sacarse una foto.

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