La reconocida cantante y compositora brasileña, con más de tres décadas de trayectoria, analiza el poder transformador de la canción, la importancia del encuentro en el escenario y su vínculo con el público argentino.
El regreso de Adriana Calcanhotto a Buenos Aires forma parte de una relación sostenida en el tiempo. En un contexto donde la música circula de manera acelerada, su decisión de presentarse en formato guitarra y voz recupera la dimensión del encuentro. Con una extensa discografía que dialoga con la poesía y la literatura, la artista aborda la responsabilidad del arte y la naturaleza única de cada presentación en vivo.
—En este momento de tu vida, con todo lo recorrido, ¿qué sentís que descubriste del arte que antes no sabías?
—Hablaba con Marta sobre el arte y la guerra. Sobre cómo es necesario, cómo es importante no solo hacer, sino también consumir arte. En estos tiempos en que vivimos, en América, en todos lados, en el mundo… parece que tengo que tener más responsabilidad con las cosas que hago.
—¿Y esa responsabilidad cambia tu relación con la música?
—Sí, porque las cosas creativas tienen peso. No es solo hacer una canción. Hay algo en lo que uno hace que tiene consecuencias, que tiene un sentido más grande.
—¿Qué es lo que hoy te sigue conectando con la música, con hacer canciones?
—Algunas cosas… cuando me voy fuera de Brasil, personas que me dicen que están estudiando, aprendiendo la lengua portuguesa para comprender los poemas, mis canciones o las de Caetano, Chico, los grandes poetas de nuestra música… eso es muy… yo sé que es una palabra desgastada, pero es gratificante. Que alguien, en alguna parte del mundo, diga que está estudiando la lengua portuguesa por eso, es importante.
—Hoy cualquiera puede hacer música desde una computadora. ¿Cómo ves ese momento?
—Creo que la democratización de los medios de producción es importante. Hoy puedo hacer yo, puede hacer cualquiera, un disco en una computadora. Eso es importante. Pero al mismo tiempo, la función de las personas en la platea, la música en vivo, la unión de las personas, la catarsis… todo eso es cada vez más importante en los tiempos en que estamos.
—Hablabas de la responsabilidad, pero también te quiero preguntar: ¿qué puede hacer la música en momentos difíciles?
—Puede salvarnos, yo pienso. Algunas canciones… cuando voy a Coimbra hablamos de la importancia de las canciones en el proceso después de Salazar, la importancia en el proceso del 25 de abril. Los compositores, los mensajes transmitidos por la música… todo eso acompañó el movimiento de resistencia. Hay canciones que alguien escribió y que el público eligió como algo que representa, que contesta, que resiste a la guerra, a la dictadura.
—¿Qué sentís hoy cuando estás en el escenario?
—La música en vivo es aquella presentación… la anterior y la posterior ya no son. Aquella noche específica, el estado en que estoy, el mundo en que está… y la gente que se va a unir en esa noche… son variables únicas. Es una noche única con gente única. Eso es… nada puede superar eso.
—¿Hay alguna canción tuya con la que tengas un vínculo especial?
—Algunas canciones, yo creo… pero “Esquadros” porque la escribí pensando en mi hermano. Él tocó la guitarra conmigo y se fue para Porto Alegre y yo quedé con la melodía, con el ritmo… y lo que hace la canción es esa falta. Las personas aman esa canción, y ella es tan especial para mí… entonces creo que es esa.
A lo largo de su trayectoria, la canción aparece como un territorio en expansión. No se trata solo de una estructura musical sino de un espacio donde convergen lenguaje, memoria y experiencia. Su obra se desplaza entre distintas formas, con letras que funcionan como un campo de sentido donde se articulan imágenes, ideas y resonancias. Su música dialoga con tradiciones como la bossa nova y el samba, e incorpora elementos del pop y otras formas contemporáneas en una búsqueda de un lenguaje propio.
—Es un lugar, primero, mítico. Porque mi mamá, antes de mí, antes de mi nacimiento, amaba Buenos Aires, Argentina, la lengua, los poemas, el tango… muchas cosas. Entonces no es cualquier cosa, es una relación íntima, de profunda admiración.
—¿Y cómo es el público argentino desde tu experiencia?
—Es un lugar de formación de platea. Personas cultas, personas que leen, que aman los libros, la danza, la música. Yo entiendo así a la Argentina.
