A pesar de que el stock bovino se mantiene estable desde hace casi un siglo, la ganadería argentina experimenta una transformación profunda gracias a la intensificación tecnológica y la integración con la agricultura y la industria del etanol.
Una de las tribulaciones recurrentes entre quienes analizan el sector agropecuario es el estancamiento aparente de la ganadería. Las cifras muestran un saldo magro: el stock bovino se mantiene prácticamente en los mismos niveles desde hace casi un siglo. Sin embargo, esa es la fotografía estática; la película muestra una historia diferente.
Con la llegada de la tecnología agrícola que impulsó la Segunda Revolución de las Pampas, se produjo un cambio drástico en el uso del suelo. La ganadería cedió espacio a la nueva agricultura, caracterizada por la siembra directa, la soja, el maíz RR y los híbridos de alto rendimiento. Los contratistas que comenzaron con un Zanello y una sembradora directa, los “mosquitos” y la modernización del parque de cosecha transformaron el paisaje productivo.
A pesar de ello, el stock vacuno resistió y entró en una era de intensificación. La cría se expandió hacia el NEA, con cambios genéticos y la irrupción de razas sintéticas. Se perfeccionó la recría y la terminación ingresó en la era del corral, con silo de maíz, silo de grano húmedo y mixers. Este proceso recuerda lo ocurrido en Estados Unidos desde principios del siglo XX, cuando el Medio Oeste se convirtió en el “corn belt”.
Cuando el maíz rendía 35 quintales por hectárea (promedio de 1990) y las sojas apenas 18, en campos dominados por malezas, la ganadería pastoril cumplía un rol regenerador. La nueva agricultura dio vuelta la historia: maíces de 100 quintales significan 1700 kilos de carne por hectárea, cinco veces más que un buen engorde pastoril. La relación de precios entre maíz y novillo es hoy imbatible.
Actualmente, la capacidad instalada de feedlots alcanza casi un millón de novillos en poco más de 100 corrales aglutinados en la Cámara de Feedlots, con una ocupación del 77%. Muchos ofrecen servicios de “hotelería” donde los principales clientes son los frigoríficos, que necesitan asegurar stocks para mantener el flujo comercial. Y todos los días se instalan nuevos corrales.
La nueva fase es la integración con la industria del etanol, que surgió por razones geopolíticas y ambientales. En Estados Unidos, las plantas de etanol y los feedlots están muy conectados: el etanol se produce a partir del maíz y uno de sus coproductos, la burlanda o DDGS, es un insumo clave en la dieta del ganado en feedlot. Esto reduce el costo de alimentación entre un 15 y un 20%.
En Argentina, las plantas de etanol del centro de Córdoba ya generan burlanda como un recurso barato y local. Es incipiente y localizado, pero hay proyectos en distintas regiones donde el maíz es un modelo probado pero castigado por los fletes, como en el NOA, el NEA y General Villegas. El combo maíz-etanol-feedlot está ganando terreno, sobre todo en años de abundancia de maíz.
Si se sigue la estrategia de Brasil y Paraguay, que ya superan el 30% de corte de nafta con etanol (Argentina está en un raquítico 12% mientras importa nafta), el potencial es enorme. Son temas que la dirigencia del agro debería poner en agenda.
