Noemí Ranz, de 96 años, perdió gran parte de su visión por una degeneración macular, pero halló en la pintura un refugio para recuperar paisajes y momentos de su vida. Su historia es un ejemplo de adaptación y creatividad en la tercera edad.
Noemí Ranz nació el 13 de octubre de 1929 en Buenos Aires y construyó su vida bajo los pilares de la autonomía y la curiosidad intelectual. Siempre emprendió diversos trabajos que no solo ayudaron a la economía del hogar, sino que le permitieron forjar una independencia que mantuvo hasta bien entrada la longevidad.
Su creatividad fue su principal herramienta de supervivencia. Para ella, verse bien es una forma de seguir presente: “Soy coqueta, porque me gusta que los que estén al lado mío me vean bien, y verme bien yo. Fui toda la vida coqueta”, confiesa. “Me levanto a la mañana y me visto como si fuera al club o a trabajar, trato de estar arreglada”.
Ese espíritu resiliente se puso a prueba hace 16 años. A los 80, Noemí comenzó a notar los primeros síntomas de una degeneración macular del tipo húmedo, una patología que avanza y que carece de cura definitiva. “Fue muy lentamente. De repente me estaba lavando las manos y veía el agua sucia o estaba viendo la televisión y se deformaba la imagen”, recuerda.
Actualmente, la ceguera en uno de sus ojos es total, mientras que en el otro conserva apenas un 20% de visión periférica. Fue así que hace cinco años, tras una decisión consensuada con sus dos hijas, Noemí se trasladó a una residencia para mayores al comprender que ya no podía vivir sola sin correr riesgos graves.
En ese nuevo entorno, se cruzó con un taller de pintura. Su primera reacción fue reticente, pero la persistencia de su profesora la alentó a animarse. “La profesora me decía que pintara algo, me dejaba la hoja, las pinturas… hasta que agarré el pincel, hice unos trazos y pinté unos lirios. Ahí me di cuenta de que podía pintar”, admite.
Noemí comenzó a pintar desde la hoja en blanco, apelando exclusivamente a su memoria. En ese proceso de creación a oscuras, recuperó los paisajes de los lugares que visitó en la Argentina, las costas del Caribe, la vida de su infancia en el campo y los detalles de las flores y plantas que recuerda con precisión.
“Los colores no los veo bien. Sé dónde están por la ubicación en la paleta, pero le pregunto a las chicas qué color es cada uno. Las pinturas me salen de adentro”, explica. Pinta un cuadro por clase, en un lapso estricto de 40 minutos. Cada obra es un acto de presente absoluto.
Al preguntarle dónde encuentra hoy la belleza y la elegancia ahora que su visión es difusa, no duda: “En mil cosas. Me gusta conversar, escuchar música y la radio, que me conecta con el mundo. Creo en todo, en Dios, en el universo. Me supera la luna, el mar, el cielo”.
