El 25° aniversario de los atentados del 11 de Septiembre encuentra a Estados Unidos con una profunda polarización política. Especialistas vinculan las medidas adoptadas tras los ataques, las guerras en Afganistán e Irak y la crisis financiera de 2008 con el actual clima de desconfianza institucional y divisiones partidarias.
WASHINGTON.- Este viernes por la mañana, el presidente Donald Trump pronunciará un discurso oficial en la sede del Pentágono, en Arlington, para conmemorar el 25° aniversario de los atentados del 11 de Septiembre. Ninguno de los cuatro expresidentes estadounidenses vivos estará presente en ese acto. Joe Biden, Barack Obama, George W. Bush y Bill Clinton tienen previsto asistir a la ceremonia en la Zona Cero, en Nueva York.
Las dos imágenes, en una fecha emblemática, reflejan el estado actual de la política estadounidense. Según analistas, los ataques y sus consecuencias aceleraron divisiones que ya existían, tras un breve período de consenso nacional contra el terrorismo.
En las semanas posteriores a los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando miembros de Al-Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales y derribaron las Torres Gemelas e impactaron contra el Pentágono, el índice de aprobación del entonces presidente Bush alcanzó casi el 90%. El Congreso votó casi por unanimidad las primeras medidas de respuesta. Los ataques dejaron casi 3000 muertos en suelo estadounidense.
Con el tiempo, especialistas han señalado que ese momento de unidad sentó las bases para las divisiones actuales. «La expansión de los poderes presidenciales y la movilización bélica posteriores al 11 de Septiembre vinieron acompañadas de una campaña política que presentaba la disidencia como una muestra de simpatía hacia el terrorismo, o incluso como una traición abierta. Bush planteó a otras naciones la disyuntiva ‘o están con nosotros, o están con los terroristas’, y algo parecido sucedió en la política interna: la administración estigmatizó como antinorteamericana cualquier oposición a la erosión de las libertades civiles», declaró a LA NACION el historiador Nathan Citino, de la Universidad Rice, en Houston.
Citino recordó que en pocos meses las decisiones tomadas en respuesta a los ataques —desde la Ley Patriota, aprobada en octubre de 2001, hasta la creación del Departamento de Seguridad Nacional (DHS)— comenzaron a generar fracturas sobre el equilibrio entre libertades civiles y vigilancia.
La intervención militar en Afganistán, que inicialmente tuvo amplio apoyo, y la de Irak en 2003, justificada con información de inteligencia sobre armas de destrucción masiva que luego fue desacreditada, dividieron a la opinión pública. Según los expertos, esto derivó en un ensanchamiento de la grieta política.
«Luego de que los poderes presidenciales en materia bélica se vieran amplificados después del 11 de Septiembre, los fracasos de las guerras en Afganistán e Irak, sumados a la crisis financiera mundial de 2008-2009, contribuyeron a profundizar las fracturas políticas en el seno de la sociedad estadounidense», explicó a LA NACION el historiador Osamah Khalil, de la Universidad Syracuse, en Nueva York.
Citino coincide en que las llamadas “guerras interminables”, junto con la crisis económica, desacreditaron a muchas instituciones y líderes estadounidenses. La falta de veracidad en torno a las campañas militares en Afganistán y, sobre todo, en Irak, provocó un «rechazo y una profunda desilusión hacia los dos principales partidos políticos», muchos medios tradicionales, expertos académicos y otras élites que inicialmente habían apoyado esas intervenciones.
«Ese clima resultó propicio para el auge de las teorías conspirativas, la búsqueda de chivos expiatorios y el ascenso de una política demagógica», resaltó el especialista. Para muchos, ese fue el germen que derivaría en la irrupción de Trump en la política de Estados Unidos con su éxito en 2016.
El impacto de los atentados también reconfiguró la identidad nacional estadounidense, llevó a un aumento de la islamofobia y de la desconfianza hacia minorías religiosas y migrantes, denunciadas por organizaciones de derechos civiles, lo que con el paso de los años alimentó corrientes políticas que capitalizaron ese clima.
«En definitiva, no es difícil trazar una línea que conecte el 11 de Septiembre con el auge del movimiento Make America Great Again [MAGA] de Trump, quien en una ocasión afirmó falsamente que miles de musulmanes en Nueva Jersey habían celebrado los ataques terroristas», escribió Gerald Seib, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), en una reciente columna publicada en The Wall Street Journal.
«El combustible que alimenta a las fuerzas de MAGA es, precisamente, la ira y la insatisfacción con el establishment político surgidas en los años posteriores» a los ataques de 2001, añadió Seib.
Según un estudio global de Gallup de este año, los estadounidenses sienten una inquietud excepcional respecto a su sistema político en comparación con otras naciones ricas y desarrolladas. Cerca de un tercio señaló la política y el gobierno como el principal problema que afronta su nación.
«El 11 de Septiembre marcó un punto de inflexión fundamental en lo que respecta al poder presidencial, y todo lo que pasó después preparó el terreno para Trump, que aprovechó la situación», analizó el politólogo Chris Edelson, de la Universidad de Massachusetts Amherst y autor de dos libros sobre el poder presidencial en Estados Unidos.
La confianza hacia las instituciones pasó de un súbito pico en las semanas posteriores al 11 de Septiembre a caer a mínimos en décadas a 25 años de los atentados. Cerca de 100 millones de estadounidenses no habían nacido o eran demasiado pequeños para tener recuerdos vívidos de aquel día.
De acuerdo a un estudio del Centro de Investigación Pew, en octubre de 2001 el 60% de los adultos estadounidenses expresaba confianza en el gobierno federal, un nivel que no se había alcanzado en las tres décadas anteriores ni se volvió a registrar desde entonces.
Bush, que había asumido la presidencia nueve meses antes tras unas elecciones muy reñidas, vio cómo su índice de aprobación aumentó 35 puntos en un lapso de tres semanas. A fines de septiembre de 2001, el 86% —incluida casi la totalidad de los republicanos y una amplia mayoría de los demócratas (78%)— aprobaba su gestión.
Un cuarto de siglo después, según el estudio, solo el 17% de los estadounidenses afirma confiar en que el gobierno federal hará lo correcto («casi siempre», apenas el 2%, y «la mayor parte del tiempo», 15%).
«Si bien la confianza en el gobierno ha sido baja durante décadas, el nivel actual es uno de los peores registrados en los casi 70 años transcurridos desde que se planteó la pregunta por primera vez», apunta el Centro de Investigación Pew.
En la actualidad, el desplome de los índices de aprobación de Trump (cerca del 60% rechaza su gestión, según las encuestas), influido por la guerra con Irán y su gestión económica y comercial, entre varios factores, refleja un «profundo descontento» con la situación de la política de Estados Unidos, expresó Khalil.
«Las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre próximo servirán para determinar si esta situación se traducirá en una mayor polarización y en un aumento de la desilusión y el distanciamiento ciudadano, o si la mayoría de los estadounidenses se opondrá a las políticas de Trump y deseará que el Congreso [hoy dominado por los republicanos] obstaculice su gestión durante sus dos últimos años de mandato», observó.
