A cinco décadas del último golpe militar en Argentina, los debates sobre memoria y derechos humanos continúan incorporando nuevas perspectivas. En un reciente análisis, la doctora en Ciencias Sociales María Cecilia Míguez destacó un aspecto que considera fundamental y a menudo relegado: la política exterior del régimen y su inserción en el tablero mundial de la época.
Un régimen en el mundo de la Guerra Fría
Míguez sostiene que para entender el accionar de la dictadura iniciada en 1976 es imprescindible situarla en el contexto internacional de la Guerra Fría. Este período, marcado por la pugna entre Estados Unidos y la Unión Soviética, definió dinámicas que influyeron decisivamente en países como Argentina. La experta plantea preguntas clave para este enfoque: ¿cuál era el orden mundial vigente en ese momento y qué tensiones específicas lo caracterizaban?
Relaciones complejas más allá del anticomunismo
Lejos de una visión simplista de alineamientos automáticos, la investigadora revela que las relaciones internacionales del régimen militar argentino presentaban matices sorprendentes. Menciona, por ejemplo, consultas constantes con la Unión Soviética en foros como la ONU e incluso la visita de una delegación militar soviética de alto nivel en 1979, recibida por el entonces jefe del Estado Mayor del Ejército.
Estos vínculos, según Míguez, desafían la narrativa de una lógica puramente ideológica y anticomunista. Indican que en el escenario global los intereses estratégicos y el pragmatismo frecuentemente se imponían sobre las definiciones doctrinarias.
El peso de la superpotencia y la asimetría
El rol de Estados Unidos, y en particular de figuras como el entonces secretario de Estado Henry Kissinger, fue central en esta ecuación. Míguez describe una relación de poder marcadamente asimétrica. «Estados Unidos no necesitaba mandar, ni siquiera sugerir; bastaba con preguntar», explica. Cualquier inquietud formulada desde Washington, asegura, obtenía una respuesta afirmativa si era necesaria, o una negativa en caso contrario.
Esta dinámica ilustra cómo las decisiones de una superpotencia podían condicionar directamente la política de un país periférico, obligado a navegar en un mar de tensiones geopolíticas crecientes.
Contextualizar para comprender, no para relativizar
La politóloga es enfática al aclarar que este enfoque internacional no busca en absoluto atenuar la responsabilidad del terrorismo de Estado ni la magnitud de la tragedia humana. Por el contrario, su objetivo es enriquecer la comprensión. «Revisar 1976 desde la dimensión internacional no relativiza la tragedia», afirma Míguez, «la contextualiza, la explica y la vuelve más inteligible».
Se trata, en definitiva, de complejizar la mirada histórica. Integrar el factor de las relaciones exteriores y las presiones globales permite dibujar un cuadro más completo de las fuerzas que operaron durante aquel período oscuro, aportando una capa fundamental para la reflexión que cada 24 de marzo renueva la sociedad argentina.
