Mayerli Arrigui, de 30 años, se sumó a las tareas de búsqueda de sobrevivientes en el edificio Cantabria, donde trabajó durante seis días junto a otros voluntarios.
El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió Colombia el 10 de agosto provocó derrumbes y dejó 331 fallecidos en Colombia, además de numerosas estructuras afectadas en Cali. Entre quienes se acercaron a las zonas colapsadas para ayudar estuvo Mayerli Arrigui, una mujer de 30 años que había pasado diez años en situación de calle y que, tras superar una adicción, reconstruyó su vida junto a sus dos hijos.
Arrigui se presentó en el edificio Cantabria desde el primer día
Arrigui llegó al edificio Cantabria, en el sur de Cali, apenas comenzó la emergencia. Sin uniforme ni equipo de protección, comenzó a retirar restos con baldes mientras un centenar de voluntarios colaboraba en la búsqueda.
“Mi mamá vivía cerca de este barrio, entonces apenas me enteré de lo que había pasado, empecé a trabajar porque para mí esto es una vocación”, declaró a El País.
Su participación se prolongó durante seis días. Permaneció en el lugar desde las primeras horas de la mañana y dejó la zona el sábado 15 de agosto, cuando fueron recuperados los últimos cuerpos que permanecían bajo los restos de la construcción.
Antes de retirarse, había ayudado junto con otros vecinos a buscar personas atrapadas. En ese punto, los voluntarios consiguieron rescatar con vida a cuatro personas, según El País.
De vivir en la calle a reconstruir su vida en Cali
La historia de Arrigui comenzó mucho antes del terremoto. Durante una década vivió en la calle, donde atravesó situaciones de violencia, frío y abandono.
El cambio llegó cuando quedó embarazada de su primer hijo y decidió iniciar un nuevo proceso de rehabilitación. “Yo sé que dicen que nosotras le damos vida a los hijos, pero la verdad es que mi primer hijo me dio vida a mí y me la cambió por completo”, relató al medio citado.
Desde hace tres años, sostiene a su familia con la venta de velas e inciensos en los buses del MÍO, el sistema de transporte público de Cali. Con ese trabajo mantiene a sus hijos, Fabián, de cinco años, y Daniela, de dos, y paga el alquiler de una habitación en Siloé.
Los días de búsqueda entre los escombros en Cali
Durante las primeras jornadas, la cantidad de voluntarios que acudió al edificio Cantabria dificultó la organización. Arrigui afirmó que el segundo día hubo discusiones porque algunas personas no seguían las indicaciones de quienes coordinaban las tareas.
La voluntaria también aseguró que escuchó señales provenientes del interior de la estructura durante los primeros días. “Hasta el miércoles 12 de agosto yo misma escuché varios sonidos de personas vivas que raspaban la tierra”, dijo.
Cuando comenzaron a utilizar maquinaria pesada, las tareas manuales se redujeron. Arrigui acompañó a los familiares que permanecían cerca del lugar mientras avanzaba la búsqueda.
“Nuestra misión era que todas las familias estuvieran ahí completas. Ojalá con vida, pero si ya no había nada que hacer, que al menos recuperaran sus cuerpos para despedirlos como es”, explicó.
La emergencia también dejó a Arrigui sin vivienda
Mientras participaba en las labores, la habitación que alquilaba en Siloé quedó inhabitable a causa del terremoto. La mujer tuvo que trasladarse a una vivienda provisional ubicada cerca del lugar donde se acumulaban los restos retirados de las estructuras dañadas.
Durante esos días también recibió advertencias del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) por haber acudido a la zona de emergencia junto con su hija pequeña. Arrigui sostuvo que la niña permanecía fuera del área de trabajo y que se alejaba periódicamente para atenderla.
Después de abandonar el edificio Cantabria, retomó la venta de velas en los buses para conseguir ingresos. Durante la semana dedicada a las tareas de búsqueda no había podido realizar esa actividad y dependió de las donaciones de agua, comida y ropa que llegaban al lugar.
El casco que recibió durante el rescate
Entre los objetos que Arrigui conserva de aquellos días está un casco blanco que recibió mientras colaboraba en las tareas. Una persona escribió sobre él la palabra “líder”, que la identificó ante los demás voluntarios.
Su experiencia previa en la calle también influyó en la forma en que enfrentó la emergencia. “Uno aprende a mirar distinto cuando ha tenido que sobrevivir en la calle”, explicó durante el relato publicado por El País.
