Severino González, un hombre de 40 años, decidió emprender el camino de la adopción en solitario. Tras un proceso legal y emocional, hoy forma una familia con su hijo adolescente, desmitificando trámites y prioridades en la provincia de Chubut.
En un café de Puerto Madryn, frente al mar, Severino González comparte su historia de paternidad. A sus 40 años, tras considerar la posibilidad de ser padre soltero, inició los trámites de adopción. Un amigo que había adoptado lo orientó hacia la oficina local dependiente del Juzgado de Familia.
«Presentar los papeles, armar la carpeta, no es complejo», explica Severino sobre el proceso inicial, que incluyó certificados de salud, libre deuda, antecedentes penales y demostración de estabilidad económica. Su estado civil y su edad no fueron impedimentos. Tras completar la documentación, a fines de 2022, comenzaron las entrevistas con profesionales de asistencia social.
Durante la etapa de espera, Severino se preparó leyendo y viendo documentales. Decidió especificar en su formulario el deseo de adoptar un «niño grande», consciente de que son los que más tiempo permanecen en instituciones. «La mayor cantidad de población de niños o niñas en la actualidad son niños grandes, de cinco, siete años», señaló.
En Puerto Madryn, el Mini Hogar alberga desde hace 47 años a niños institucionalizados. También existen familias de acogimiento transitorio. El proceso de vinculación, similar al de adopción, avanza gradualmente con visitas y convivencias progresivas.
La llamada llegó un viernes por la noche. Desde la oficina de adopción le informaron sobre un niño en situación de adoptabilidad. La ley prioriza los derechos del niño y agota las instancias con la familia biológica antes de derivar a la adopción. A Severino le explicaron la historia del niño: un padre ausente y una madre que no podía cuidarlo.
El 28 de febrero de 2024, se enteró de que estaba séptimo en una lista de posibles adoptantes. Al día siguiente, lo citaron con la jueza. La decisión final, sin embargo, la tendría el niño, de diez años. En el encuentro, el niño, con melena larga, lo invitó a verlo entrenar. Así comenzó el proceso de vinculación.
Al día siguiente, Severino lo buscó en la escuela y lo llevó a su casa, en un barrio alejado del centro de Madryn. Los primeros seis meses hubo supervisión profesional, cada vez más espaciada, hasta que los dejaron solos. Al preguntarle al niño por qué eligió a Severino, respondió con timidez que, el primer día, le contaron que tenía mascotas y un club en la playa.
Hoy, padre e hijo comparten una vida juntos, construyendo su propia familia.
