Oscar Aguirre, víctima de abusos en la Fundación Felices los Niños, relata en un libro su experiencia y el rol del periodismo en la visibilización del caso contra el padre Julio César Grassi.
Oscar Aguirre tenía 13 años cuando sufrió abusos por parte del padre Julio César Grassi en la Fundación Felices los Niños. Ahora, a los 42 años, se dedica a trabajos de pintura, plomería y albañilería. Según su relato, pudo retomar sus actividades laborales recién cuando el cura, condenado a 15 años de prisión, fue detenido en 2013.
Su historia se vincula con la del periodista Carlos De Elía, quien estuvo a cargo de los noticieros de Canal 13 desde 1995 hasta 2021 y fue creador de TN y TN.com.ar. En 2002, De Elía dirigió la emisión de ‘Telenoche Investiga’ que dio a conocer el caso con las denuncias de las víctimas de Grassi.
Aguirre y De Elía publicaron recientemente el libro ‘Abusado por Grassi, la hora de romper el silencio’. A continuación, se presenta un fragmento del testimonio de Aguirre en primera persona:
El padre me recibió en la oficina de abajo. No la usaba mucho, era raro verlo ahí. La encargada me dejó y se fue. Estaba sentado atrás de un escritorio y había dos sillas del otro lado, como para los visitantes. El padre estaba serio y no dijo ni una palabra durante un largo rato. Me senté en una de las sillas. Tenía esos anteojos grandotes, con mucho vidrio, que escondían un poco los ojos. Era fuerte su mirada, y como se venía el reto era difícil no tener miedo.
Empezó a hablar. No levantó nunca la voz. Hablaba mucho más suave de lo que yo me imaginaba. Tanto que el miedo se me iba yendo. “No puede ser que hagas estas cosas, Oscar”, me dijo. Nunca lo había escuchado decir mi nombre y supuse que había leído en la carpeta que tenía en su escritorio. “¿Vos qué querés hacer en la vida? ¿Por qué te portás así? ¿Por qué no valorás que tuviste algunas salidas con Julia?”.
Le expliqué que no había sido un piedrazo, que no imaginábamos que escupiendo iba a pasar eso. Y también le dije que yo casi no salía, y que estaba seguro de que iba a terminar en un instituto. Ahora o el día que cumpliera dieciocho. Iba a ser así.
Él se sacó los anteojos y de golpe fue como que apareció otra persona. Cambió completamente su mirada, se transformó en alguien amigable. Se levantó y se sentó en la silla que estaba al lado de la mía. Sentí que lo había conmovido porque me había puesto muy en víctima para zafar de todo ese quilombo. Mi primera sensación es que le di lástima.
Al verme angustiado, me empezó a contar la cantidad de lugares a los que podía llevarme si me portaba bien. Ahí me enteré de que él tenía un programa de radio. Y me dijo de ir al de Portal, al de Lita de Lázzari y a ver cómo se filmaba Dibu —que había visto una vez en la tele— porque él conocía a alguien que trabajaba ahí.
Mientras me nombraba los lugares para calmarme, me empezó a tocar la pierna. Yo estaba con pantalones cortos. Al principio no me pareció raro porque entendí que era una muestra de afecto y además estaba muy copado con los lugares que iba mencionando. Pero me empecé a incomodar a medida que subía la mano y se acercaba a la entrepierna. Hasta que me paré de golpe y solo atiné a decirle: “¿Qué onda?”.
Él también se paró y siguió hablando de los lugares a los que podría ir si me portaba bien, como si nada. Yo no tenía muy claro la onda de sus caricias, pero me habían incomodado. Antes de despedirme me aseguró que podía ir al teatro a ver Chiquititas —otra cosa que habíamos visto en la tele— siempre y cuando me portara bien.
De despedida me dio un beso que yo pensé en ese momento que se había tratado de un accidente. Fue un beso como en la mitad de la boca, como de esos que a veces pasan de apuro y uno corre la cara para el lado equivocado y después pide disculpas. Pero él no dijo nada. Y yo tampoco. Fue raro, pero yo estaba aliviado porque al final el reto no había sido nada y me iba con promesas de salir a lugares copados.
Desde ese día traté de no meterme en quilombos y sobre todo estuve muy atento a que no me metieran en quilombos con los que no tenía nada que ver.
Una tarde nos dijeron que teníamos que empezar a ver Chiquititas en la tele porque en dos o tres días íbamos a ir al teatro. Yo no sabía mucho de Chiquititas hasta ese momento, porque además no estaba en el horario en el que podíamos ver tele. Varios de los chicos sí sabían, por sus hermanos o por gente de afuera, y estaban recontentos. A mí me alcanzaba con subir al micro y andar por Buenos Aires, por esos lugares que no recorría desde hacía tiempo. Y estaba bueno eso de conocer el teatro Gran Rex.
Dos días después —creo que era un viernes por la mañana— nos avisaron que ese día íbamos a ver Chiquititas. Estaban todos locos. Fue la única vez que no había elegidos. Fuimos todos, los veintidós adolescentes. Por la tarde nos dieron la ropa. Todos vestidos iguales y con ropa que nunca habíamos visto: una chomba azul y un jean para cada uno. Y zapatillas nuevas que nunca supimos de dónde habían salido. Parecíamos parte del elenco de otro programa de Cris Morena, todos perfectitos. Nos subieron a un micro escolar enorme —era un Mercedes 1114— y partimos para el Centro. Era muy raro ver la ciudad desde ahí.
