domingo, 14 junio, 2026
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Elena Fragío publica ‘Adamuz, el último tren’ tras sobrevivir al accidente ferroviario en Córdoba

La onubense de 28 años, superviviente del choque entre un Alvia y un tren de alta velocidad ocurrido el 18 de enero en Adamuz (Córdoba), relata su experiencia en un libro editado por Niebla.

Huelva, 14 jun (EFE).- Elena Fragío, licenciada en Criminología y vecina de Huelva de 28 años, publicó el libro ‘Adamuz, el último tren’ (Editorial Niebla), en el que narra su experiencia como superviviente del accidente ferroviario ocurrido el 18 de enero en Adamuz (Córdoba). El siniestro, en el que un tren Alvia chocó con un tren de alta velocidad, causó la muerte de 42 personas.

En una entrevista con EFE, Fragío declaró que el accidente sigue presente en su memoria a través de gritos, sonidos de teléfonos móviles y una presión constante que la despierta sobresaltada. La joven regresaba de Madrid a Huelva después de rendir un examen para funcionaria de prisiones, objetivo que había perseguido durante años. Afirmó que las secuelas físicas del accidente le impedirán ejercer esa profesión.

El libro comenzó como un diario personal durante los 103 días que permaneció inmovilizada en cama, con el propósito de ordenar los recuerdos que la desbordaban. Posteriormente, decidió ampliar el texto al considerar que podía llegar a más lectores.

Fragío viajaba en el vagón 1 del Alvia, que cayó a un terraplén tras el impacto. Permaneció atrapada en el interior durante una hora y media. “No veía nada, la oscuridad era absoluta”, relató. El impacto le perforó el tímpano, lo que generó un pitido constante que dominaba otros sonidos. “Intentaba ubicarme tocando todo lo que tenía alrededor, pero solo encontraba hierro y cristal”, indicó. Comenzó a notar las heridas, sintió sangre en el rostro y las piernas, y experimentó “el miedo a morir”.

Una pasajera la agarró y le preguntó si estaba viva. Fragío sostuvo que ese contacto les sirvió a ambas para dejar de sentirse solas. Recordó que muchos pasajeros “corrían hacia el caos” para ayudar y que, al ver a un compañero de academia iluminado por una linterna tras una hora y media de oscuridad, gritó su nombre. Fue arrastrada fuera del vagón, pero sus piernas no respondían.

Desde el exterior, observó cómo se improvisaban camillas con asientos arrancados del tren para trasladar a los heridos. Expresó admiración por esas personas porque “en medio de todo aquello todavía eran capaces de pensar cómo ayudar a los demás”. También mencionó a un hombre con un chaquetón amarillo que le prestó su teléfono para llamar a sus padres y decirles que seguía viva.

Su padre viajó desde Huelva y llegó hasta la camilla en la que era evacuada al hospital, pero no logró reconocerla porque tenía el rostro cubierto de sangre, inflamado por los golpes y cubierto con mantas térmicas. “Fátima, no es Elena”, dijo el padre a la madre.

Fragío perdió un 40 % de audición en ambos oídos de forma irreversible. Lleva varios tornillos y clavos en la pelvis y el sacro que condicionarán su movilidad futura. Una cicatriz de nueve centímetros atraviesa su rostro. “A mí me han quitado hasta mi cara”, afirmó. Indicó que todavía le cuesta mirarse al espejo y que durante mucho tiempo fue incapaz de retirar las tiras que cubren la cicatriz. Al caminar por la calle siente que los demás la observan, aunque reconoció que es una percepción derivada del trauma.

Como superviviente, manifestó que no sabe si fue “suerte, un milagro o que no era mi destino, pero la culpa no se va”. Recordó que los fallecidos “tenían familias, proyectos, trabajos y sueños, como yo”. Durante su hospitalización, esa culpa se manifestó en gestos como cortarse el pelo por encima de los hombros porque se lo había manchado con sangre que no era suya, lo que le “hacía sentir todavía más culpable”.

Fragío afirmó que su herramienta principal para superar el dolor y el trauma ha sido el humor. En la Unidad de Cuidados Intensivos, cuando le preguntaban cómo estaba, respondía con ironía: “como si me hubiera atropellado un tren”.

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