En los meses más calurosos, los hábitos habituales de abonado en el jardín dejan de ser efectivos y pueden convertirse en un problema. Cuando el termómetro supera los 35 grados, la tierra de las macetas pierde humedad en pocas horas y la respuesta de las plantas cambia por completo.
En los meses más calurosos, los hábitos habituales de abonado en el jardín dejan de ser efectivos y pueden convertirse en un problema. Cuando el termómetro supera los 35 grados, la tierra de las macetas pierde humedad en pocas horas y la respuesta de las plantas cambia por completo, y el mismo fertilizante que hasta hace poco resultaba beneficioso puede terminar afectando las raíces si se aplica sin adaptar la rutina al verano.
Con las altas temperaturas, las plantas modifican su comportamiento. Para evitar perder agua, cierran parte de los estomas, esos pequeños poros de las hojas, lo que ralentiza de manera notable la absorción tanto de agua como de nutrientes. En este contexto, los nutrientes del abono que la planta no puede asimilar permanecen en el sustrato, y si la tierra está seca, se produce una concentración de sales que puede perjudicar a la raíz. Cuando el sustrato pierde agua, las sales minerales del abono se concentran y provocan un fenómeno conocido como estrés osmótico, que puede dañar las raíces de la planta.
En los meses de julio y agosto, es habitual ver hojas con los bordes secos y marrones o plantas que detienen su crecimiento y dejan de responder como antes. El diagnóstico más frecuente apunta a un exceso de fertilizante administrado sin tener en cuenta el estado de la tierra y el calor acumulado.
El fertilizante, en esencia, es una mezcla de sales minerales que la planta absorbe fácilmente si la tierra está húmeda. No ocurre lo mismo cuando el sustrato se seca rápido y estas sales se concentran, lo que puede llevar a que la raíz pierda agua y se debilite. Por eso, abonar sobre tierra seca suele ser la causa principal de estos daños visibles en las hojas.
El calendario de fertilización cambia según el tipo de planta. Las especies de flor en maceta suelen necesitar menos cantidad y más espaciada en verano, cada dos semanas y con una dosis reducida. Las plantas de interior en terrazas, en cambio, pueden mantener la dosis habitual pero solo cada tres o cuatro semanas. Para los huertos urbanos en producción, el aporte puede seguir siendo regular, sobre todo en tomates, pimientos y calabacines, con especial atención al potasio. Los cítricos en maceta agradecen el abono cada tres semanas, siempre evitando las horas centrales y aplicando a primera hora del día. Las plantas mediterráneas, como lavanda y romero, no requieren fertilización en verano. Los rosales solo toleran la mitad de la dosis y conviene suspender cualquier aporte si hay una ola de calor.
El mayor error no está en la cantidad, sino en cómo y cuándo se aplica ese fertilizante. Se recomienda regar bien antes de abonar y evitar el fertilizante si la tierra está seca. Además, es preferible hacerlo en horarios con temperaturas más suaves, como la mañana temprano o el atardecer, para reducir el riesgo de quemaduras tanto en raíces como en hojas.
En determinadas situaciones es preferible suspender toda fertilización: durante olas de calor prolongadas, si aparecen síntomas de quemadura en las hojas, tras un trasplante o en especies que ya están adaptadas a la sequía y no requieren aporte extra de nutrientes en esta época.
Algunos cultivos, como los huertos urbanos en plena producción y los cítricos en maceta, siguen necesitando nutrientes de forma constante, pero siempre con las precauciones de dosis y horario: el verano exige revisar rutinas y adaptar tanto la cantidad como el momento de aplicar el fertilizante. Mantener la tierra húmeda antes de abonar, espaciar las aplicaciones y evitar los horarios de más calor son las recomendaciones para que las plantas lleguen sanas a septiembre, sin daños en las raíces ni síntomas de estrés por exceso de sales.
