La especialista en análisis del comportamiento sostiene que las fricciones interpersonales se originan en la interpretación del comportamiento ajeno desde el propio mapa. Presenta el modelo DISC como herramienta para comprender las diferencias en la comunicación.
Hay personas con las que la conversación fluye desde el primer minuto y otras capaces de generar irritación sin haber hecho nada aparentemente grave. Una petición de datos puede leerse como desconfianza; una decisión rápida, como impulsividad; un silencio breve, como frialdad.
Para la psicóloga Marta Freire, buena parte de esas fricciones no responde a una mala intención: responde a que cada persona observa el comportamiento ajeno desde su propio mapa.
Esta es una de las ideas centrales de Ponte en modo DISC (Samarcanda, 2020), un libro en el que Freire desarrolla un modelo de análisis del comportamiento que estudia cómo tendemos a comunicarnos, tomar decisiones y relacionarnos.
Según detalló en una entrevista con El Cofidencial, las cuatro letras del modelo corresponden a Dominancia, Influencia, Estabilidad y Cumplimiento, representadas habitualmente con los colores rojo, amarillo, verde y azul.
El perfil D (rojo) se orienta a los resultados, la acción y los retos. El I (amarillo) dirige su atención hacia las personas y el reconocimiento. El S (verde) prioriza la cooperación y la armonía, y el C (azul) valora el análisis, la precisión y la calidad.
Freire advierte, sin embargo, que ninguna persona puede reducirse a una única letra. Todos reúnen los cuatro componentes en distintas proporciones y pueden comportarse diferente según el contexto.
«Lo verdaderamente interesante de DISC no es saber qué letra o color somos», sostuvo la psicóloga. Usar el modelo como etiqueta supondría, a su juicio, desperdiciar su utilidad: su valor aparece cuando ayuda a entender cómo influye la propia conducta en los demás.
El error de creer que nuestra manera de actuar es «la normal»
La facilidad para conectar con algunas personas puede explicarse porque hablan a un ritmo parecido, necesitan un nivel de detalle similar o expresan sus emociones de una forma reconocible. La comunicación fluye porque sus códigos resultan familiares.
El problema aparece cuando esa manera de funcionar se convierte en la medida de todas las demás. Quien se toma más tiempo pasa a ser «lento»; quien actúa rápido es «impulsivo»; quien pide explicaciones «le da demasiadas vueltas» y quien se centra en el objetivo «no escucha».
«Interpretamos el comportamiento del otro desde nuestro propio mapa», explicó Freire. Por eso propone cambiar la pregunta: en lugar de «¿por qué esta persona me pone nervioso?», preguntarse «¿qué hay en su manera de funcionar que choca con la mía?».
El modelo organiza esas diferencias en torno a dos ejes: la velocidad y el foco. Los perfiles D e I tienden a ser más rápidos y orientados al resultado; S y C prestan más atención al procedimiento. D y C se orientan a la tarea, mientras que I y S incorporan con más intensidad el componente emocional.
Freire rechaza, de todos modos, que existan combinaciones condenadas al fracaso. Un D y un S pueden necesitar mayor esfuerzo de adaptación, pero eso no los vuelve incompatibles. Incluso dos personas con perfil D muy marcado pueden terminar enfrentadas si cada una intenta imponer su solución.
«El conflicto no aparece porque tengamos distinta velocidad o distinto foco. Aparece, sobre todo, cuando no tenemos alineado el objetivo», señaló.
El compañero que pide datos no siempre intenta bloquearte
El entorno laboral ofrece ejemplos claros. Una persona con predominio I puede presentar con entusiasmo una idea y sentir que un compañero C la ataca cuando pregunta de dónde viene una cifra. El primero quiere compartir posibilidades y avanzar; el segundo necesita verificar la información antes de aprobar.
«Ninguno ha venido a fastidiar al otro. Cada uno está intentando que la reunión salga bien desde criterios completamente diferentes», precisó Freire.
La solución que propone es anticiparse: el perfil I puede preparar los datos con tiempo; el C puede evitar abrir su intervención con todos los errores detectados y reconocer primero lo que funciona.
Esta adaptación, aclara la psicóloga, no implica renunciar a la propia personalidad. «Adaptarme significa hacer el esfuerzo de hablar también el idioma del otro, no aprenderme cuatro trucos para salirme con la mía», afirmó.
Todos los perfiles tienen una cara constructiva y otra perjudicial. La determinación del D puede movilizar o imponer; la influencia del I puede entusiasmar o manipular; el S puede crear vínculos o usarlos para condicionar; el C puede aportar rigor o bloquearlo todo. DISC no debe convertirse en una coartada del «yo soy así», sino en una invitación a responsabilizarse del efecto de la propia conducta.
Qué pasa cuando aumenta la presión
Las diferencias se acentúan en situaciones de estrés. Freire distingue entre el perfil natural, el adaptado y el que emerge bajo presión: cuando alguien se siente desbordado, pierde parte de su capacidad de regulación y puede mostrar respuestas más impulsivas o inconscientes.
No existe una reacción fija para cada color. Un C puede adoptar actitudes propias de un D durante una crisis; un S podría volverse mucho más analítico. Y lo que alguien muestra en ese momento no siempre coincide con lo que necesita para recuperar la seguridad.
Esto explica por qué dos personas que habitualmente se entienden pueden enfrentarse con dureza ante una pérdida o una situación incierta. Una necesita hablar y la otra guardar silencio; una busca compañía y la otra prefiere aislarse. Al dolor original se suma entonces la interpretación de que el otro es frío o indiferente.
Comprender esas diferencias no hace desaparecer el problema, pero puede evitar que se le agregue una nueva capa de sufrimiento. El primer paso, según Freire, no es aprender a clasificar a los demás, sino revisar la propia conducta: «¿Qué parte de los conflictos que tengo con los demás estoy provocando yo con mi manera de comportarme?».
La psicóloga propone un ejercicio sencillo y poco cómodo: preguntarle a alguien de confianza qué hacemos para dificultar la comunicación y escuchar toda la respuesta sin interrumpir, sin justificarse ni explicar por qué nos malentendió. Reconocer los colores ajenos puede resultar entretenido; descubrir el efecto que provocan los propios exige bastante más valentía.
Nota generada con inteligencia artificial bajo supervisión y edición humana.
