Oscar Solís, de 43 años, comenzó a construir un tractor para su hijo durante la pandemia. Hoy tiene una fábrica en Perico, Jujuy, con 16 modelos y clientes en el exterior.
Oscar Solís (43) es ingeniero mecánico y trabajaba en una empresa cuando en la pandemia se dispuso el aislamiento social preventivo y obligatorio. Las dos primeras semanas fueron como vacaciones, pero a la tercera semana ya no sabía qué hacer. Entonces se fue al taller que tiene al fondo de su casa y, con los materiales que tenía, empezó a construir un tractor a escala para su hijo de cuatro años.
Su abuelo Tito le había construido hacía 60 años el mismo tractor a su hijo, y Oscar lo usaba cuando era chico. En pandemia decidió repetir la historia. El abuelo Tito, fallecido en 2015, fabricó su primer auto de carrera a los 18 años. El papá de Oscar corría, su tío también. «De toda la vida somos fierreros, así que me crié en el taller con todo eso», cuenta Oscar, que vive en Perico, en el interior de Jujuy, una zona agrícola.
Su abuelo no terminó el secundario, solo cursó hasta sexto grado. «Era muy autodidacta, muy inteligente. Lo único que mi abuelo no supo hacer es venderse él, pero tampoco lo quería hacer», relata su nieto. Aquel tractor que hizo para sus dos hijos fue para el desfile de la fiesta patronal del pueblo. El tractor sigue intacto, aunque tuvieron que reacondicionar las gomas y otras partes de hace sesenta años. Lo tienen en el taller y lo están restaurando para exhibición.
Cuando Oscar terminó de fabricar el tractor para su hijo, subió una foto al estado de WhatsApp y un amigo le pidió si le podía fabricar uno para su nieto. Después se lo pidió otro amigo y en una tarde tenía diez pedidos. A medida que llegaban los mensajes, Oscar respondía siempre lo mismo: «No fabrico». Pero el aburrimiento de estar en su casa sin poder salir a trabajar y el amor heredado por la construcción de automóviles lo decidieron a construir para otra persona. «No quiero que suene mal, pero para mí la pandemia fue una bendición porque me dio el tiempo para empezar esto que yo nunca lo hubiese empezado», dice Oscar.
En dos meses terminó de crear el tractor para su hijo. «Lo usaba de psicólogo al taller. Y así lo hacía tranquilo, iba viendo, probando, nunca había hecho algo así para chicos. Entonces me iba con mis dos hijitos al fondo y trabajábamos juntos pero sin intención de vender nada. Era para divertirme entre nosotros», asegura.
Después de las primeras ventas, empezó a tomar forma de emprendimiento. Como no podía contratar empleados, lo empezó a ayudar un vecino que iba a una escuela técnica. Cuando se levantaron las restricciones de la pandemia, lo llamaron para que volviera a su trabajo. Oscar fue, renunció y se volvió a su casa. «De pasar de trabajar en un lugar que no me gustaba, que era un suplicio para mí, pasé a jugar todos los días», admite.
Además de la ayuda del estudiante, su papá, que se jubiló y vive en otro pueblo a 200 kilómetros, empezó a visitarlo y ayudarlo. Su padre va por quince días, visita a sus nietos y trabaja con él en el taller. «Poder trabajar con él, que siempre me llevé bien pero al irme a vivir a otra ciudad dejamos de frecuentarnos tanto, es un placer. Esto nos volvió a juntar», explica Oscar. Su hijo de diez años también colabora: «Él ahora tiene diez años y tiene tanta creatividad que muchas veces nos corrige cosas porque es el que usa el producto», agrega.
En el taller de su casa ya no se podía seguir trabajando, no había más espacio, y mudaron todo a un galpón. Hace cinco meses pudieron mudarse a una fábrica en el parque industrial de Perico. Hoy continúa trabajando con su papá y también tiene empleados. Además, organizaron una acción social con los chicos de la Escuela Técnica del Pueblo y de la Tecnicatura de Mecatrónica; tienen constantemente entre 8 y 10 chicos haciendo pasantías y prácticas en el taller. «Nosotros somos del interior del interior. Es una zona agrícola donde no abundan las industrias, entonces tener mano de obra calificada para lo que nosotros necesitamos casi no existe. Entonces al que veo que tiene talento y ganas me lo voy quedando como empleado», explica.
Oscar no tiene redes sociales, ni siquiera sabía lo que era Instagram cuando una prima le aconsejó abrir una cuenta para publicar sus autos. «Lo que más nos costó es cuando veían las fotos y les decíamos de dónde éramos, el 99% pensaba que era una estafa. Claro, imaginate, te digo de Perico que no sabés ni dónde queda, encima te digo que te lo entrego en 60 días y me tenés que dar un adelanto. Esa parte me costó mucho y es por eso que en las redes sociales contestamos los mensajes al toque, si me llaman atiendo para dar la credibilidad que necesita el cliente», cuenta Oscar. Vendió autos desde Tierra del Fuego hasta el norte.
Hoy tiene 16 modelos distintos de tractores y autos. Muchos le pasan una foto del modelo que quieren, él lo diseña y lo fabrica. «Acá es todo personalizado, hacemos todo lo que el cliente quiere. Por ejemplo ahora estamos mandando un auto a Estados Unidos que nos llevó un año y medio desde el desarrollo hasta terminarlo. Es un auto que tiene detalles porque es copia fiel del original», cuenta Oscar y aclara que todo se hace a mano, no tienen máquinas.
Oscar tiene un hijo de diez años y otro de siete, además un sobrino de cuatro años. Ellos son los pilotos y el filtro para saber que el auto está listo para entregar. «Mucha gente cree que es un juguete, pero es como diseñar un auto de verdad y a eso le tenés que agregar que lo tiene que manejar un chico y que tiene que ser fácil y seguro», explica.
Su esposa Julieta lo ayuda con el área digital y las fotos de los productos. «Todo lo hacemos con gente del pueblo, me gusta trabajar con los chicos de acá porque nos dan prioridad y de paso los ayudamos», dice Oscar. Al principio no sabían cómo sacar el tipo de fotos de producto que buscaban, pero de a poco los ayudaron a comprar los equipos para las fotos y a que se profesionalicen. Los modelos de las fotos son sus hijos; en los reels de las redes sociales está su hija, a quien le gusta actuar y hablar frente a la cámara.
La marca se llama OSSO, por el comienzo de su nombre y apellido, y quedó entre los mejores seis por el premio al emprendedor del año. Se presentaron 250 y fue el único emprendimiento del interior del país en llegar a la final.
El crecimiento sigue. Oscar y su esposa son conscientes de que están llegando al límite donde deben decidir saltar y arriesgarse para seguir creciendo. Está la posibilidad de montar una segunda fábrica en Paraguay y armar un equipo de gente de confianza. «Hace una semana me reuní con una persona que va a tomar la parte comercial y lo primero que le aclaré es el camino, la visión y la misión que nosotros tenemos», asegura Oscar. Le parece bueno crecer en ventas pero no quiere perder el trato directo con el cliente y ese tinte familiar que los llevó hasta donde están hoy.
Asegura que con muchos clientes termina formando un vínculo de amistad. Ha tenido proyectos grandes de seis meses donde la charla cotidiana con el cliente, las videollamadas para ir mostrando el proceso y hacerlos partícipes en cierta forma de la construcción, es una experiencia que sabe que no se encuentra en cualquier industria. «No nos interesan los números sino la gratificación que pueda tener el cliente, que de hecho es alta y por eso nos siguen recomendando. Nos ayuda mucho más el boca a boca de nuestros propios clientes que la publicidad que podemos hacer. Eso es lo que no queremos perder», concluye Oscar.
