La Semana Mayor, que conmemora la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, tiene un calendario litúrgico específico y tradiciones como la abstinencia de carne roja el Viernes Santo.
Los días previos a la Pascua, que recuerdan la pasión, muerte y resurrección de Jesús, están marcados por determinadas costumbres para la religión católica. Según informa la Agencia Católica de Informaciones (ACI Prensa), existe una disposición litúrgica específica sobre las fiestas de los santos y beatos de la Iglesia Católica, y durante la Semana Santa no se celebra a ninguno de ellos.
Las normas litúrgicas explican que los días de Semana Santa tienen una precedencia especial: el Domingo de Ramos, el Jueves Santo, el Viernes Santo y el Sábado Santo se consideran celebraciones de máxima solemnidad y priman sobre cualquier otra fiesta. «De este modo, cada jornada de la Semana Santa queda plenamente dedicada al misterio pascual, sin añadir otras devociones, para ayudar a los fieles a contemplar con mayor hondura la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor», según consta en el sitio antes mencionado.
Aunque se trata de un tiempo de reflexión y conmemoración, el espíritu general de la semana, con miras al Domingo de Resurrección, es festivo y de fe en la vida eterna. Por eso, lo importante de este tiempo no es solo recordar con tristeza lo que Cristo padeció, sino entender por qué murió y resucitó. Es celebrar y revivir su entrega a la muerte por amor y el poder de la Resurrección.
Durante este período se destaca la costumbre de no comer carnes rojas, un hábito que se circunscribe principalmente al Viernes Santo, cuando se conmemoran las acciones que llevan a la crucifixión. Para el Vaticano, esta jornada es de penitencia. La tradición señala que la carne roja representa el cuerpo de Cristo crucificado, por lo que se evita su consumo en señal de respeto.
El derecho canónico, a su vez, fija la práctica del ayuno en distintos puntos de su doctrina religiosa. El canon 1249 establece: «Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales, en los que se dediquen los fieles de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia».
