domingo, 19 julio, 2026
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Cardiólogo recomienda tres medidas para reducir el riesgo cardíaco durante la final del Mundial

Un médico cardiólogo y expresidente de la Sociedad Argentina de Cardiología ofreció tres sugerencias para vivir la final del Mundial de fútbol con menor riesgo de sobresaltos cardíacos, basándose en evidencia científica que vincula las emociones del fútbol con eventos cardiovasculares.

En los artículos de la prensa inglesa luego de la batalla de Atlanta, la profunda desazón de la derrota adquirió la denominación de una experiencia “heartbreaking”, una palabra compuesta que indica una situación emocional que “rompe el corazón”. Incluso titulares hablaron de broken heart, corazón roto, referencia habitual en inglés a las separaciones o quiebres de pareja. El corazón en todas las culturas es utilizado como metáfora del portador de los sentimientos, víctima y sujeto de las emociones, quizás por la percepción de sus saltos en el pecho que nos marcan los momentos de mayor intensidad de nuestras vivencias. El mismo origen de la palabra corazón remite a un cervatillo. Pero esto es algo más que una metáfora. En personas jóvenes sanas solo observar un partido de fútbol del equipo propio aumenta en promedio 10 milímetros la presión (por ejemplo de 115 a 125) y 10 latidos por minuto.

En 1998, luego de la eliminación por penales de la Argentina a Inglaterra, la prensa médica inglesa comunicó un pico de infartos en los primeros días posteriores a ese partido, con una foto de uno de los penales atajados por Carlos Roa. Un editorial de esta misma revista recomendó, con total seriedad, que “la eliminación por penales debía ser proscripta por razones de salud pública”. Se conocieron luego muchas otras exploraciones que confirmaron la observación, aunque también con la sorpresa de una disminución de los infartos en países que ganaba la eliminación. Es decir, así como emociones negativas pueden enfermar, emociones positivas pueden prevenir. No es solo la definición por penales. Una publicación informó que durante los partidos del mundial FIFA de 2006 en Alemania, los días que jugaba el equipo local se multiplicaba por 2,6 las internaciones por emergencias cardiovasculares, tres veces en varones y dos en mujeres.

Otro informe exploró en España en una localidad muy aficionada al fútbol con un solo equipo local, donde observaron un incremento de internaciones por ataques cardíacos del 30% los días de las derrotas como local y una disminución del 30% en los triunfos como visitantes. Las revisiones de todo lo publicado sobre este tema en revistas científicas confirman un incremento de los ataques cardíacos durante los torneos, en particular ante resultados desfavorables. Esta relación entre emociones y ataques cardíacos no puede sorprender a los argentinos futboleros, que hemos pasado semanas sufriendo frente a Cabo Verde, con la necesidad de remontadas épicas frente a Egipto, Suiza y ahora Inglaterra. Las profundas emociones que genera el fútbol fueron “infartantes”, e incluso circuló un meme que cambiaba el cartel del colectivo mundialista de Scaloneta a Infartoneta. Tampoco resulta ajena la sensación de felicidad-beatitud de la mañana del jueves último, con una sonrisa colectiva contagiosa y muchos silbando canciones del mundial, cuando nada malo nos parece que pudiera ocurrir.

Hinde Pomeraniec llama a su podcast Vidas prestadas, una invitación fácil de entender para quienes se sumergen en relatos, novelas, extendido hoy también a las series, que encienden entusiasmos, miedos, ternuras, terrores, pequeñas pasiones quizás más intensas de la de nuestra gris vida cotidiana. Pero raramente este viaje a las vidas ajenas se aproxima a la experiencia de protagonismo que nos presta la pasión futbolística. Aunque obviamente es “solo un juego”, millones nos sentimos participantes de esta batalla más allá de los 22 protagonistas. Desde conjurarnos en cábalas infinitas, reiterando actitudes, comidas, vestimentas, compañías que ayudarán al triunfo, hasta insultar a los árbitros a los gritos o a los rivales o porqué no a los propios, con lenguajes y actitudes que sorprenden a nuestros hijos que pocas veces han visto a sus padres en esos niveles de descontrol. Sentimos en el cuerpo los vaivenes de la profunda tristeza, como los largos minutos del 0-2 con Egipto, en una despedida anticipada del mundial que resultaba miserable, a la increíble (y según parece estadísticamente improbable) remontada final.

Iuval Harari nos enseñó que nuestra especie humana ha superado a los otros homínidos por su capacidad de ser engañada, de adherirse a ilusiones colectivas que permiten conformar grupos inmensos ciegamente detrás de una bandera, dioses o líderes. No podremos cambiar eso, está en nuestra genética más allá de cualquier consideración; no podríamos entender al Heidegger nazi o al Sartre maoísta en la época de la trágica revolución cultural. Sin duda la más inocua de todas es la pasión futbolística. En el caso del fútbol esta ilusión participativa abarca a muchos “futboleros”. En mi caso, poco aficionado hoy, el recuerdo afectivo más hermoso y feliz de mi infancia y primeros años de la adolescencia sin duda es el abrazo con mi padre en el festejo de los goles en la Bombonera. Podemos cambiar de religión, de nacionalidad, hasta de sexo, pero resultará más difícil cambiar la pasión por nuestro club. Las filmaciones de los festejos desaforados frente al gol del equipo muestran una intensidad emocional que no vemos siquiera en las salas de maternidad cuando nace un hijo, quizás uno de los momentos más trascendentes de nuestras vidas. Locura, pasión, desenfreno, sufrimientos, apoteosis en unos escasos 90 minutos.

Nos dirigimos a un domingo desafiante, quizás ya con la tranquilidad de que este equipo argentino ha hecho historia, pero obviamente queremos ganar. Por supuesto que sufriremos y gozaremos, pero no es dable conocer la proporción y el desenlace. ¿Cómo cardiólogos podemos hacer alguna recomendación con algún grado de seriedad? Muchas veces somos consultados sobre la pertinencia de exponer corazones enfermos a la montaña rusa emocional de una final o de un partido importante. Si quisiera responder con total seriedad diría: no tengo la menor idea. No conozco ningún estudio preventivo que haya explorado medidas para reducir los riesgos, de tal manera que cualquier recomendación es solo general y especulativa. Pero me animo a elegir tres.

La primera, cualquiera sea el problema de salud que uno tenga, no suspender la medicación particularmente el día del partido. La segunda, no consumir alcohol en cantidad ni mucha comida antes del partido. Me dirán que eso le quita parte de la gracia, pero recuerden que soy cardiólogo y debo cumplir con mi rol a riesgo de resultar impopular. Lo tercero, cruzar los dedos o cualquier otra cábala personalizada para ayudar a que nuestro seleccionado gane. Me dirán que esta recomendación es sanitariamente inadecuada, dado el daño que podría producir a la comunidad de perdedores, pero cuentan con sus propios cardiólogos que seguramente los ayudarán. El autor es médico cardiólogo, expresidente de la Sociedad Argentina de Cardiología.

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