El mediocampista de Belgrano, figura del Apertura, es analizado bajo la lente de conceptos filosóficos como los de Edgar Morin, destacándose su rol como organizador del caos y nexo entre lo individual y lo colectivo.
Desde la tribuna, el fútbol puede parecer un juego de una sencillez engañosa, especialmente cuando la pelota está en los pies de un jugador como Lucas Zelarayán. Sin embargo, para muchos entrenadores contemporáneos, el fútbol es un sistema vivo, cambiante e impredecible, donde el orden y el caos coexisten en tensión permanente.
Es en este marco conceptual donde adquiere relevancia la figura del filósofo francés Edgar Morin, cuyas ideas sobre la complejidad han interesado a reconocidos técnicos a nivel mundial. Desde esta perspectiva, se puede analizar con mayor profundidad el impacto de Zelarayán en el equipo de Belgrano.
Zelarayán no es solo el capitán del equipo que dirige Ricardo Zielinski ni su goleador en el actual Torneo Apertura, donde ya lleva 4 goles y una asistencia. Su rol principal es el de mediocentro ofensivo, aunque su movilidad le permite actuar en diversas posiciones. Fundamentalmente, se erige como el punto de conexión entre lo individual y lo colectivo, encarnando dos dimensiones que Morin considera inseparables: la identidad propia y la pertenencia a un sistema.
El jugador se adapta a la incertidumbre inherente al juego. Es considerado el mejor jugador del plantel y, al mismo tiempo, el mejor jugador de equipo, ya que su participación eleva el rendimiento colectivo tanto en ataque como en defensa. Desde su debut en 2012, se destacó por sus cualidades diferentes y ha evolucionado hasta convertirse en un organizador del caos dentro del esquema de Zielinski: dosifica los tiempos, acelera el juego cuando es necesario y aparece en zonas de definición como resultado de su lectura del partido.
Morin plantea que los sistemas vivos se desarrollan en la interacción constante entre orden y desorden. Los técnicos modernos traducen esto en «provocar el caos para luego organizarlo». Zelarayán encaja aquí a la perfección: su fútbol imprevisible y con sello potrero introduce elementos de ruptura, pero siempre al servicio del equipo. Sintetiza el rigor táctico del profesional moderno con la creatividad espontánea del jugador de barrio.
Esta dualidad lo vuelve un futbolista indispensable y objeto de interés de otros clubes importantes del país. No obstante, el jugador ha manifestado su compromiso con Belgrano y su proyecto personal con la camiseta celeste. En el Gigante de Alberdi, Zelarayán ejemplifica, con su juego arriesgado e influyente, una lógica que va más allá de las estadísticas: la de modificar el comportamiento de su equipo y del rival.
