domingo, 26 abril, 2026
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Puestero patagónico da nombre a un dinosaurio de 160 millones de años hallado en Chubut

Dionides Mesa, un puestero de la meseta chubutense, recibió un mensaje radial que anunciaba que una nueva especie de dinosaurio fue bautizada en su honor tras años de colaboración con paleontólogos del Museo Egidio Feruglio.

El lunes 20 de abril, a las 11.30 de la mañana, Radio Nacional emitió un aviso hacia la zona de Gorro Frigio, en el centro de la provincia de Chubut: “Para Dionides Mesa: el equipo de paleontólogos del Museo Egidio Feruglio de Trelew le hace saber que, en agradecimiento a su fundamental ayuda en el descubrimiento de una nueva especie de dinosaurio, al que Dionide se refería como bicharraco, el nuevo espécimen descubierto ha sido bautizado en su honor con el nombre de Bicharracosaurus dionidei”.

Así funciona el servicio de mensajes rurales de Radio Nacional: una locutora lee los recados que familiares, amigos e instituciones mandan para quienes viven en la meseta patagónica sin teléfono, sin internet, sin otra forma de recibir noticias. El anuncio de un dinosaurio con nombre propio viaja en el mismo éter que el aviso de una visita pendiente o el saludo de unos parientes.

Dionide Mesa, que vive solo en esa zona árida del centro de Chubut y se mueve a caballo por su campo, se enteró así de que tiene una nueva especie de saurópodo jurásico bautizada en su honor. Dionide Mesa no es geólogo ni tiene formación científica de ningún tipo. Es un puestero de la meseta patagónica: conoce su campo como fuera su casa, percibe hasta la más mínima de las modificaciones de un paisaje desafiado por el viento constante, distingue lo ordinario de lo raro con la misma naturalidad con que un pescador distingue el fondo del río. Eso, en el noroeste de Chubut, equivale a tener un ojo clínico para los fósiles.

José Luis Carballido lleva más de 25 años yendo al campo de los Mesa. Paleontólogo del CONICET con sede en el Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF) de Trelew, conoce a Dionide y a su hermano Leonide desde que empezó a explorar esa franja del noroeste chubutense, una región que guarda en sus capas de roca jurásica algunos de los fósiles más importantes de Sudamérica. “Dionide vive solo y se mueve a caballo por el campo. Cada vez que encontraba fósiles nos avisaba y decía: ‘¡Encontré un bicharraco!’, y nos llevaba hasta el lugar. A veces hablaba de una ‘paleta’, y era una escápula; otras de un ‘costillar’, y terminábamos encontrando vértebras con costillas asociadas”, recuerda Carballido.

“Bicharraco” era su palabra para todo eso que se encontraba. Los huesos grandes, los pedacitos chicos, los espinazos que asomaban de la roca. No le hacía falta otro nombre: sabía que los científicos entendían de qué hablaba, y los científicos sabían que cuando Dionide decía bicharraco había que ir a mirar.

El hallazgo que terminó siendo el Bicharracosaurus ocurrió hace unos 15 años. Dionide les avisó que había visto un espinazo. Los paleontólogos fueron, confirmaron que se trataba de vértebras articuladas que asomaban en el terreno, y anotaron que había que volver. El yacimiento está a menos de 10 kilómetros de su casa, y es el más cercano de todos los que encontró. Aun así, los proyectos y el financiamiento demoraron el regreso. Cuando finalmente volvieron y empezaron a excavar, necesitaron tres campañas para sacar todo el material que estaba metido en la roca.

Dionide no es el primero de su familia en hacer este tipo de contribución. Su hermano Leonide, que trabaja en el campo lindero, fue quien años atrás avisó que había un dinosaurio en su terreno. Ese animal terminó siendo el Brachytrachelopan mesai: un saurópodo de cuello inusualmente corto, también del Jurásico, cuyo nombre lleva el apellido familiar. El mesai proviene de los Mesa. Ahora los dos hermanos tienen, cada uno, un dinosaurio con su apellido. Y Dionide tiene, además, su nombre propio tallado en latín científico: dionidei.

Esta es una situación que en la paleontología argentina tiene más precedentes de los que suelen conocerse. El Patagotitan mayorum, el mayor dinosaurio conocido del mundo —cuyo esqueleto ocupa una sala entera del MEF y réplicas suyas se exhiben en museos de todo el planeta— lleva el nombre de la familia Mayo, en cuyo campo fue descubierto. Un gaucho vio que asomaba una piedra muy redonda del suelo: era la punta de un fémur. El Carnotaurus sastrei, el carnívoro de cuernos que popularizó el cine, homenajea a la familia Sastre: alguien fue a levantar un palo para arrear una oveja y resultó ser un hueso de dinosaurio.

Matías Cutro, jefe de prensa del MEF, cuenta que la “inmensa mayoría de los hallazgos son fortuitos y realizados por los propios pobladores”. No es una excepción ni una curiosidad. Es el modo en que funciona la paleontología patagónica. Los científicos tienen el entrenamiento para identificar y describir las especies; los puesteros tienen el territorio, el tiempo y los ojos. Sin unos, los otros no pueden hacer su trabajo. Lo que sí es nuevo —y el MEF lo anunció junto con el Bicharracosaurus— es que la institución comenzará a entregar placas de reconocimiento formal a todos los pobladores que hayan contribuido con hallazgos, de manera retroactiva. Para que quienes ya tienen un dinosaurio con su nombre también tengan algo concreto para colgar en la pared.

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